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Interdependencia asimétrica  o Integración regional

Por Roberto Dante Flores *

* Profesor de Historia Económica y Social, Universidad de Buenos Aires, Argentina.

ABSTRACT

South America, from begining of its economical links, had a relationship of asymmetrical interdependence with the North because European cities controlled the mining process, the minting of coins and colonial trade. In nineteenth and twentieth centuries  again is generated asymmetrical interdependence, this time between a strong creditor North state  and  weak debtors South American states.However, the word “debt” too brings us to the philosophical concept of debt-gratitude, that everyone has with the Being-giver. This knowledge comes from reflection within each individual consciousness. Conscience is what justifies public acts according to a law of nature, shared by all human beings: do good to others This principle can be considered as the most important moral principle.

States, by not taking into account the being-for-others (an altruistic ideal), becomes asymmetrical interdependence relations in structural exploitation relations, with negative social and environmental consequences. By contrast, in a process of regional integration, being-for-others has sense to overcome the limitations own, with the effort shared equally by the different social sectors. Beyond a historical period, we see that the weakness of our societies (as well as individuals) is strengthened by the unity of wills. The resignation of States to their sovereignty, in a process of regional integration, would only make sense in terms of improved quality of life. The goal is to achieve harmonious development, material and spiritual, of individual citizens, of people with their environment, with reducing the asymmetries and irrational holdings.

Los factores económicos, políticos y sociales han ejercido una influencia decisiva en el curso de la historia Pero consideramos conveniente analizar la historia no sólo en la funcionalidad sistémica de esos factores y sus variables internas, sino también como el devenir de acontecimientos causados por personas libres con responsabilidad social por sus actos políticos o económicos. La diferencia no es menor.

Analizando los hechos ocurridos en Suramérica durante su joven historia hemos observado el accionar de grupos vinculados al comercio y a las finanzas, y su influencia en la toma de decisiones políticas del Estado, de modo que esas decisiones no afectasen a sus intereses corporativos. Pero muchas veces el argumento público dado por los sectores dirigentes para justificar la acción política no fue de índole sectorial, sino en defensa del bien común. Esto nos lleva a considerar la existencia de una ley de la naturaleza humana -como plantea Morghentau- y de principios morales inherentes que impulsan a las personas a tomar decisiones de acuerdo a esos principios y por encima de sus intereses particulares (financieros, comerciales, políticos).

Morghentau plantea que la historia del pensamiento político moderno es la historia de la confrontación de dos escuelas que difieren en sus concepciones sobre la naturaleza del hombre. Una supone la bondad esencial del hombre y la otra -opuesta­- considera que los principios morales nunca pueden realizarse plenamente, aunque podemos acercamos a ellos por medio del "temporario equilibrio de intereses"[1] En definitiva, consideramos que las dos escuelas reconocen la existencia de un principio (ley moral) en la naturaleza humana que inclina a la conducta de las personas para hacer el bien general, aunque una de ellas es optimista y la otra pesimista en la consecución del mismo. Esa naturaleza propia del ser humano le indica a través de su inteligencia que es un ser individual pero, a la vez, relacional y efímero. Individual por la experiencia de tener una conciencia propia, exclusiva y desconocida en su intimidad por otros individuos con quienes se relaciona. Lo efímero es también una noción producto de la experiencia de la desaparición de otros individuos semejantes y de la dependencia de progenitores para existir. La autonomía, por lo tanto, es relativa No controla su propio origen ni tampoco su pro­pio destino. El origen le viene dado por Otro. De allí la inteligencia de que, en sí, el hombre es un ser-dado y por lo tanto deudor, desde su apa­ri­ción en la existencia.

Si bien la palabra "deuda" en algunos idiomas lleva incluida la noción de "culpa" (fault, schuld) nosotros primeramente llamaremos deuda al reconocimiento de un bien recibido gratis, sin exigencia de pago. Nos referiremos a la deuda esencial que toda persona tiene -por el solo hecho de existir- con el Ser-dador. Esta inteligencia surge de la reflexión en el interior de cada conciencia individual. Esta misma conciencia es la que justifica los actos públicos de acuerdo a una ley de la naturaleza, compartida por todos los seres humanos: haz el bien a los demás. Este principio podemos considerarlo como el primer principio moral. Esa conciencia -salvo en situaciones extremas de la vida- genera un movimiento de gratitud por la propia existencia, lo cual lleva implícito querer saldar esa deuda existencial mientras se posea el bien por esencia (ser viviente). El movimiento de gratitud lleva a la actitud solidaria de relación con otros semejantes (ser-para-otros) lo cual es indicador de un accionar del individuo en sociedad, de acuerdo a principios morales y no exclusivamente por interés particular.

La ley moral no está escrita necesariamente en los códigos penales o leyes civiles sino en la misma conciencia de los individuos, y adquiere forma cuando surge la relación con sus semejantes. Sin embargo, las leyes de los individuos en sociedad (ciudadanos) deben responder a esa conciencia íntima, aunque haya diferencias manifiestas en la forma en que cada uno obedece a ese principio.

Aquí surge el conflicto moral interno entre la tendencia individualista a la propia subsistencia (ser-para-uno), buscar el máximo bien particular, o buscar el bien general (ser-para- otro), sin renunciar al bien personal. Los extremos del individualismo y el altruismo difícilmente se dan en la mayoría de los individuos que conviven en una sociedad. Las conciencias individuales ciudadanas forman una cultura mediante las leyes escritas por los mandatarios legisladores, pero en última instancia el bienestar de una sociedad será el resultado de la resolución de ese conflicto moral interno. El óptimo social residirá en la fidelidad de todos los ciudadanos a su propia conciencia, indicadora de la armonía del bien común, por encima de los disgregantes intereses sectoriales.

Del mismo modo que un individuo no puede existir por sí mismo sino es en relación con otros, los Estados tampoco son absolutamente autónomos, independientes, de otros semejantes con los cuales constituye una sociedad internacional. A través de la historia vemos como algunas naciones constituyeron Estados en determinados espacios territoriales y posteriormente algunos de sus ciudadanos constituyeron nuevos Es­­tados, desprendiéndose de la nación original. Los Estados nuevos tie­nen grandes necesidades de financiamiento para desarrollar sus actividades productivas y la posterior comercialización de los productos. En el siglo XVI el instrumento utilizado para pagar los compromisos contraídos eran las monedas de oro y de plata. Las colonias españolas fueron proveedoras, a la metrópoli imperial, del valioso metal para confeccionar monedas y de este modo la Corona podía financiar sus cuantiosas deudas. España era dependiente de sus colonias americanas y a su vez éstas dependían del comercio español para intercambiar sus productos. Sin embargo, ésta era una relación de interdependencia asimétrica porque la metrópoli controlaba todo el proceso de extracción minera, la acuñación de las monedas y el comercio colonial.

Durante el siglo XIX se dio el proceso de independencia de las colonias americanas de su centro español, pero con ello no terminó la necesidad de financiamiento externo. Las minas de plata ya no producían con la misma intensidad y, a orillas de un río con desembocadura en el Atlántico, un nuevo Estado adoptaba el nombre de Argentina, referencia al mineral ausente por la escisión del alto Perú. Inglaterra -libre del obstáculo español- inicia una fuerte relación comercial y financiera -como Estado central- con los nuevos Estados periféricos. Esta situación volvió a generar relaciones de interdependencia asimétrica, pero esta vez entre un fuerte Estado acreedor y débiles Estados deudores. El nuevo orden mundial del patrón oro benefició en forma desigual a los distintos Estados involucrados. Inglaterra -iniciadora de un cambio tecnológico productivo- poseía excedentes financieros fruto del mayor valor de sus productos industriales; mientras que los endeudados países periféricos no podían pagar con el fruto del comercio de sus productos primarios.

Durante el siglo XX el paradigma del progreso indefinido llevó a la explotación y saqueo de los recursos naturales como si fueran infinitos, sin medir las consecuencias que tendría para el ser humano, inserto en el  orden de un ecosistema dado, con sus propias leyes y delicado equilibrio. El dominio de la naturaleza, el desarrollo tecnológico y el consumo, necesarios para una mejor calidad de vida del ser humano, derivaron en contaminación, explotación, inequidad y hedonismo. Este paradigma originado en Europa fue adoptado y magnificado en norte América. El centro industrial, comercial y financiero viró desde Gran Bretaña a los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial el Consejo de Protección a los tenedores de Bonos Extranjeros (Foreing Bond Holders Council) informó que de todos los bonos en dólares vigentes en los países de América Latina  el 53,2 % se encontraba en mora respecto a intereses y amortización A comienzos de los años 60 –cuando los principales países del Sur americano  experimentaban inversiones para un desarrollo autónomo-  desde  los Estados Unidos se intentó profundizar el criterio integracionista en América Latina. Pero, más que orientarlo hacia un desarrollo de los países en el contexto regional se pretendió  maximizar el desempeño de ciertos sectores vinculados al comercio mundial: nueva división internacional del trabajo con ampliación del mercado. En los años 80 el aumento de la deuda regional fue acompañado de restricciones en las ventas de sus productos en el mercado mundial. Consecuencias: aumentos de precios, ajustes fiscales con reducciones de las subvenciones estatales a los grupos sociales más débiles, desempleo y aumento del empleo informal.  

El dilema moral que se da en el interior de cada individuo también ocurre en la sociedad internacional: el bien común o el bien individual. ¿Es moralmente justo exigir el pago de una deuda a quién no es responsable de la misma? ¿Quiénes son los responsables de la deuda de un Estado? La sociedad argentina del siglo XIX era gobernada por individuos pertenecientes a una elite dirigente ilustrada, sin mandato de la mayoría del pueblo gobernado. Por lo tanto la mayor responsabilidad de los contratos firmados por el Estado recaía en los sectores dirigentes y más beneficiados. En Inglaterra hubo financistas "facilitadores" de créditos y en Argentina los sectores sociales vinculados al comercio exterior y a la banca jugaron el rol de mayor responsabilidad orientando al gobierno de turno.

Podemos asimilar el concepto de deuda externa al concepto heideggeriano de deuda  contraída sin consentimiento: “Se puede adeudar algo a otro, sin tener uno mismo la culpa de ello. Un tercero puede ‘contraer deudas’ ‘por mi’ con otros”. [2] De esa deuda no soy responsable. Entonces hay una fundamental diferencia con la deuda de gratitud, que puede ser reconocida voluntariamente, por cada individuo, con el Ser-dador. Esta deuda es esencial porque implica la propia existencia. Pero una deuda externa de un Estado insolvente, por el contrario, puede generar el hambre de muchos individuos cuando ese Estado (por el pago de la deuda) no alcanza a satisfacer las necesidades básicas de sus miembros más débiles. Por lo tanto, es una carga ingrata y no consentida por la sociedad en su mayoría.

La deuda social (o "cuestión social") se planteó a fines del siglo XIX en las sociedades urbanas de Santiago de Chile y Buenos Aires (Argentina), en un período de expansión y enfrentamientos entre ambos Estados del sur americano. Las elites dirigentes habían crecido vinculadas a los negocios con el centro industrial, comercial y financiero de Europa, pero cada vez eran mayores los sectores marginados en las ciudades que estaban excluidos de los beneficios de esa relación centro-periferia Eran la periferia de un país periférico que sólo le brindaba pocas alternativas: el reclutamiento militar o algunas oportunidades de trabajo cuando subían los precios internacionales de los productos primarios. Las crisis financieras argentinas de 1890 y 2001, las manifestaciones populares callejeras y la consiguiente crisis política, fueron síntomas de una crisis internacional con expresión en una sociedad postergada que no admitió la injusticia de car­gar las consecuencias de compromisos no consentidos. Sin embargo, en cada crisis sistémica también influyó las acciones de los dirigentes del centro económico-financiero y de sus homólogos periféricos.

Ante una situación semejante consideramos que los mandatarios de la sociedad endeudada tenían el deber moral de llevar adelante políticas económicas que distribuyeran el peso de la deuda lo más equitativamente posible entre los ciudadanos mandantes, incluyendo también a los marginados (aunque no hayan elegido a sus dirigentes) La ruptura del contrato entre la sociedad y el gobierno es consecuencia del rechazo a llevar cargas que afecten a la propia existencia La deuda en este caso no sólo impediría la subsistencia de muchos ciudadanos sino el mismo desarrollo y la existencia del propio Estado, disminuyendo la soberanía política y el control de la economía a extremos de inviabilidad. De este modo las relaciones de interdependencia asimétrica centro-periferia (dadas entre naciones jóvenes y metrópolis desarrolladas) se transformarían en relaciones de explotación estructural. El ser-para-otro (semejante), propio de una reflexión altruista de la conciencia libre del individuo, en una sociedad de naciones con polarizantes relaciones deudor-acreedor devendría en una situación de ser-para-otro (alien) obligada y esclavizante.

En líneas generales, y más allá  de un período histórico, vemos que la debilidad de las sociedades (al igual que la de los individuos) se fortalece con la unidad de las voluntades. Del mismo modo, la soberanía disminuida de las naciones débiles podría ser fortalecida con la superación de sus rivalidades y la complementación de sus esfuerzos. La búsqueda de la integración posibilitaría el desarrollo sostenido, minimizando los efectos negativos de las crisis en los centros internacionales. El "para quién" de la integración, está vinculado a un problema filosófico-político, en el sentido que debe contemplar el bien común, el bien de todos, y no sólo de algunos sectores dominantes. El ejercicio de una verdadera democracia de intereses comunes es otra meta a conseguir en las naciones gobernadas por sistemas que todavía no expresan -más allá de las declaraciones formales- la participación de todos los sectores.

El ser-para-otro en ese proceso de integración tendría un sentido superador de las propias limitaciones, de las propias cargas, con el esfuerzo equitativamente compartido por los diferentes sectores sociales. Sin embargo, la existencia de un proyecto de unidad regional  requiere que cada parte, previamente, sepa qué es lo que quiere. Esto significa que haya un proyecto consensuado que no esté sujeto a los avatares de las circunstancias  externas. La renuncia de los Estados a parte de su soberanía debe estar en función de la mejoría en la calidad de vida: el desarrollo armónico de cada uno de los ciudadanos-habitantes con su medio ambiente.

Un desarrollo sostenible racional y en equilibrio con la biosfera, no es ajeno al consenso verdaderamente democrático de todos los sectores en la integración de los Estados. La relaciones estatales de interdependencia hoy son asimétricas porque se privilegia la relación de intercambio entre países productores de materias primas poco elaboradas y países vendedores de productos de tecnología avanzada (siempre más caros) El deterioro en los términos de intercambio -en el largo plazo- siempre ha sido desfavorable para los primeros. La lógica del consumo-explotación intensiva de los recursos debería cambiar para que exista variedad y equilibrio regional en pos de la igualdad y no sólo de la jerarquización, característica del la división interestatal del trabajo.

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* Profesor de Historia Económica y Social, Universidad de Buenos Aires, Argentina.

[1] Morghentau, R, Política entre las naciones, Bs. As.,GEL, 1992 p 12.

[2]  Heidegger, M, El ser y el tiempo, Bs. As., FCE, 2006, p. 306

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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